Un Pueblo Peregrino

14 05 2015

Las formas de vivir la fe son diversas. En el siglo XIII, Santo Tomás de Aquino se preguntaba:

“Entre un teólogo que conoce mucho y una Señora que va y toca una imagen

¿Quién tiene más fe?” Y respondía: “Sin duda la Señora,

porque ella en su simplicidad toca a Dios.”

 

La Iglesia ha valorado siempre la religiosidad popular, los

misioneros la usaron para evangelizar, promovieron su

realización y construyeron Iglesias para venerarlas que con

el paso de los Siglos se convirtieron en Santuarios. La

Imagen religiosa de los Santos o de la Virgen María no es

Idolatría, lo sagrado es lo que representa-que no está aquí-

no su materia.

 

Lo pude comprobar hace pocos días confesando en la fiesta

de San Expedito, a quién la gente acude para pedirle a Dios

por su intercesión en las causas urgentes. Antes de llegar al

confesionario pude ver las cuadras de cola, simplemente

para rezar y tocar al Santo y así obtener el favor de Dios.

Uno puede tocar, pero en realidad es Dios el que te toca el

alma y el corazón y es entonces cuando la gente hace cola,

ya no para tocar al Santo si no para confesarse de sus

pecados y recibir el perdón de Dios.

 

Hace crecer la propia fe la experiencia del encuentro con

Dios en los Santuarios, la gente siente una vivencia similar

a la de la mujer samaritana que se encontró con Jesús en el

 

pozo. Jesús le pide a ella de beber, y cuando van entrando

en confianza la exhorta a que sea ella la que pida! Ya no

agua común sino el agua viva que va a saciar

definitivamente su sed. Nosotros nos acercamos a Dios

para pedir y está bien que así sea, pero en ese intercambio

es Dios el que se ofrece a sí mismo, ya no para

simplemente atender nuestro pedido, sino para darse El.

 

Quien mira desde fuera podrá juzgar que es superstición,

que se hace por necesidad, que surge de la angustia

existencial que tienen las personas y que las lleva a

recurrir a cosas mágicas. Lo que ignoran los que son

espectadores de este fenómeno es el intercambio que se

produce entre Dios y los creyentes. No siempre las

necesidades son satisfechas, pero las personas

experimentan el haber sido atendidas y escuchadas por

Dios. ¿Por qué no puedo hacerlo simplemente en casa?

 

Claro que se puede, Jesús exhorta a que cerremos la puerta

de nuestro cuarto y recemos en secreto, pero sabe que la

oración más fuerte es cuando dos o más se reúnan en su

nombre y recen al Padre Nuestro. Es un acto de fe

comunitaria.

 

Quienes pasen por un Santuario sentirán una misteriosa

corriente de fe, es la fe del pueblo peregrino en la historia,

el que lleva su carga y la comparte. Un Santuario es un

lugar sagrado, meca de peregrinaje, casa de todos, el

silencio de sus paredes cobija el secreto susurro de miles

de oraciones, balbuceadas o dichas en voz alta, entre el

calor de las manos unidas y de los ojos nublados por las

lágrimas.

 

Como nuestras casas familiares, los Santuarios albergan

nuestros sueños, deseos, realidades y anhelos más

profundos. En la peregrinación a Luján o en la visita a los

diferentes santuarios he sentido que no es solo mi fe, que

ella también se alimenta con la fe de los otros y así se hace

más fuerte. Que la oración sigue siendo la fuerza del

hombre y la debilidad de Dios.

 

Pbro. Guillermo Marcó

(Publicado en la versión impresa del Suplemento Valores Religiosos de Clarín de Mayo)

 

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