Qué es morir con dignidad

20 11 2014

Sin duda la muer te de Brittany, nos conmovió. Cuando una persona se suicida lo atribuimos a una alteración de su estado. Aquí estábamos ante una mujer joven, en la plenitud del uso de sus facultades, recién casada, amante de la vida, de los viajes, y que decidió hacer de su final una campaña a favor de la posibilidad de quitarse la vida. Estuvo asesorada y acompañada por la asociación “Compassion & Choices” (compasión y elección) que lucha por el derecho a la eutanasia. De hecho, eligió el día, lo anunció públicamente y se despidió con un mensaje en las redes sociales: “Hoy es el día que elegí para morir con dignidad”.
No quisiera entrar en la discusión estéril sobre aspectos personales: sólo Dios juzga las intenciones del corazón y le dejamos a El el juicio sobre la conciencia de Brittany y sus circunstancias. Sí quisiera opinar sobre el hecho objetivo y qué es para mí “morir con dignidad”.

Si una persona es atea es decir, niega que Dios exista-y, por lo tanto, está convencido que sólo somos un conjunto de células fruto del azar, tiene lógica que frente a la perspectiva del sufrimiento decida terminar cuanto antes con un proceso agónico y degenerativo. Si por el contrario uno es creyente, sabemos que no somos dueños de la vida y, por lo tanto, no elegimos venir, ni tampoco el día en que nos toque partir. En este itinerario el dolor forma parte de la vida y nos anuncia que no estamos ante lo definitivo. Las enfermedades y el consiguiente deterioro ayudan a hacer un duelo a la persona que las padece y también a los familiares que la cuida.

“Morir con dignidad” es para mí no sentirme dueño de la vida, sino aceptar con paciencia que habitamos en una casa transitoria y que –como decía San Juan de la Cruz-, si queremos alcanzar la resurrección, debemos pasar por la cruz. San Pablo en la carta a los Corintios capítulo 15, nos enseña qué nos espera al final de este proceso:
“Alguien preguntará: ¿Cómo resucitan los muertos? ¿Con qué clase de cuerpo? Tu pregunta no tiene sentido. Lo que siembras no llega a tener vida, si antes no muere. Y lo que siembras no es la planta tal como va a brotar, sino un simple grano, de trigo por ejemplo, o de cualquier otra planta. Y Dios da a cada semilla la forma que él quiere, a cada clase de semilla, el cuerpo que le corresponde. Lo mismo pasa con la resurrección de los muertos: se siembran cuerpos corruptibles y resucitarán incorruptibles; se siembran cuerpos humillados y resucitarán gloriosos; se siembran cuerpos débiles y resucitarán llenos de fuerza; se siembran cuerpos puramente naturales y resucitarán cuerpos espirituales. Porque hay un cuerpo puramente natural y hay también un cuerpo espiritual”.

Creo en la providencia divina, que no me dejará solo en el momento de la prueba y que utilizará lo que me toque para enseñarme más de lo que he aprendido sobre la vida. Sé que escribo desde la fe. No pretendo que todos acepten este mensaje, pero quisiera alentar al que le toque sufrir para que tenga valor frente a la prueba, sabiendo que Dios no le hará faltar su fuerza y su compañía.
Hoy la medicina nos da múltiples oportunidades para atenuar el dolor; contamos con los llamados cuidados paliativos. Y, sobre todo, existe el amor con que una familia debe acompañar a un enfermo. Es parte de la vida transitar hacia lo definitivo sin tomarnos el atajo. Esto si es “morir con dignidad”.

Pbro. Guillermo Marcó
Publicado en la edición impresa de Valores Religiosos

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