Sobre el noviazgo y la familia

8 10 2014

Los tiempos han cambiado, no cabe duda de eso, muchas situaciones nuevas, algunas han influido -según estudios científicos- en la conformación del cerebro de las nuevas generaciones. Tal es el caso de la llamada “generación Y” la que está llegando a la edad de casarse y que tienen la característica de ser nativos digitales. Nacieron con Internet y todos los estímulos propios de todos los dispositivos que encontramos en el mercado. Es una generación que no está acostumbrada a postergar su satisfacción. Para nosotros era una ambición la estabilidad laboral, se buscaba entrar a un buen lugar para hacer carrera, los jóvenes están trabajando y si les sale un viaje, renuncian sin preocupación. Todo parece ser efímero, se evalúa el momento y las relaciones de pareja sin compromiso.

En este contexto es fundamental la formación cristiana de los jóvenes, el posibilitarles un encuentro personal y profundo con Dios. Cuando un joven descubre a este “Otro” que lo quiere y que establece una relación duradera con uno, es capaz de repensar otras relaciones, su trabajo y compromiso pastoral y comprometerse de a poco en el largo plazo.

Me gusta mucho decir que el planteo del matrimonio monogámico que es una novedad del Evangelio, es una invitación de Jesús a vivir el amor de una pareja “sobrenaturalmente”: Si solo fuera por lo “natural” es posible que las relaciones de pareja después de algún tiempo terminen en el fracaso, la ruptura y el divorcio. Es Jesús quien invita a un compromiso con el otro: “en la prosperidad y en la adversidad; en la salud y en la enfermedad; amándote y respetándote durante toda la vida”.

Nuestros sentimientos son solo una parte de la realidad. Si nos guiamos por lo que sentimos el mundo sería caótico. Un ejemplo de esto es “relatos salvajes” allí la inmoderación del sentimiento de la ira y la venganza, provoca atrocidades terribles.
El matrimonio no es solo un “sentimiento” es un “consentimiento”, significa que no solo tengo el dato de lo que siento por el otro, sino que empeño mi voluntad y mi inteligencia en la capacidad de prometer, de decirle y asegurarle al otro que lo voy a amar siempre: “hasta que la muerte nos separe”.

Tenemos que formar a las personas en el compromiso, para poder sostener proyectos a futuro y enseñarles a descubrir que también hay un gozo del alma en postergar la satisfacción inmediata por objetivos de largo plazo. Educar en el diálogo como herramienta componedora, que enseña a exponer las propias necesidades y puntos de vista, sin discutir y pelearse, a ponerse en el lugar del otro. Necesitamos sustento “humano” donde la gracia de Dios haga su obra y ayude y eleve a la pareja, para que de dos sean una sola carne, un verdadero equipo.
El matrimonio cristiano es un sacramento que se dan los contrayentes, el sacerdote es un testigo de las promesas que ellos se dan mutuamente. En el inicio del consentimiento se dice: “Yo… te recibo a Ti…” si uno es esencialmente egoísta está impedido para recibir, recibir es hacer lugar para que el “otro” se sienta cómodo. No podré recibir si solo hay en mi vida lugar para mí.

Aprender a vivir en comunión- no solo eucarística- si no con los hijos que vendrán, hay que educar en la generosidad, porque cuando se da no se pierde, se gana. Por eso el matrimonio como proyecto de vida es escuela para el verdadero amor.

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