Linchamientos

22 04 2014

El hombre es bueno o es malo? ¿Por qué mientras algunos educan, construyen y generan vida a su alrededor, otros se adentran en la delincuencia, destruyen y cercenan la vida ajena? ¿Merecen estos delincuentes ser linchados por la gente?

 

Los primeros capítulos del Génesis nos dicen que “Dios vio que todo lo que había hecho era muy bueno”. Mientras le dure la vida, el hombre hace lo que quiere; cuando se le termine, Dios lo va a juzgar. Dios es omnipotente pero se retiró de un solo lugar: “la libertad del hombre”.

 

Él no quiso obligarle a amarle y a vivir en el bien. Le dio una enorme dignidad y también la capacidad de desaprovecharla. De hecho este drama humano que se repite de generación en generación está plasmado en las primeras páginas de la Biblia. El hombre podía comer de todos los árboles del jardín, menos del árbol del conocimiento del bien y del mal. Si el hombre es criatura, el bien y el mal no dependen de su propio criterio, los mandamientos los pone Dios. Después de desobedecer se les abren los ojos y lo que descubren con su nueva sabiduría, adquirida a costa de la rebelión, es que están desnudos. La desnudez, no tiene aquí nada que ver con el erotismo, sino que lo que  descubren, es su indefensión frente a una naturaleza, que se les volverá hostil. Se esconden de Dios porque tienen miedose acusan mutuamente y terminan expulsados del Paraíso.

 

A partir de aquí se desencadena lo que se llama “el espiral de la violencia”: Comienza con Caín y Abel-el primer fratricidio-, hasta que se concluye en el Génesis 6, 5: “Cuando el Señor vio que grande era la maldad del hombre en la tierra y como todos los designios que forjaba su mente tendían constantemente al mal, se arrepintió de haber puesto al hombre sobre la tierra… Pero Noé fue agradable a los ojos del Señor”

 

¡Solo el bien corta la locura de la violencia!

 

Lo que nuestras sociedades padecen hoy no es más que un capítulo actualizado de esta historia que se repite de generación en generación.

 

Frente a la desmedida venganza que existía en la antigüedad, un soberano de Ur de los Caldeos: Hanmurabí, escribió un código de leyes. La famosa ley del Talión tuvo su origen allí: “ojo por ojo y diente por diente” Eso indicaba una proporcionalidad en la pena por el delito cometido. “Si me robas el celular te asesino a patadas” parece ser el axioma instalado en nuestros día en algunas personas que tiene una reacción desmedida de locura frente a un robo-ciertamente condenable- Sintiéndose legítimamente habilitadas a tomar justicia por mano propia.

 

Cuando Dostoiewski escribió: “Crimen y Castigo”, Raskolnikov, el protagonista de la obra, se yergue como un superhombre y pretende situarse por encima del bien y del mal. Para demostrarlo, comete un homicidio. Y así se convence que no debe acatar ninguna ley moral. Su lucha por conquistar esa impasibilidad que lo exime del pecado, no puede sobreponerse  a su conciencia, que desde lo hondo de su espíritu le dice que es un criminal.

 

A todos nos duele el delito sin control y la ineficacia del marco legal actual para detenerlo, pero nada me habilita a convertirme en delincuente o asesino, porque otro me hizo un daño. Jesús también fue víctima de la violencia y la injusticia que terminó con su propia vida, murió junto a dos ladrones. Uno lo insultaba, el otro reconoció que su pena era justa y pidió clemencia: “Jesús  acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino” y Jesús le dijo: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”. Claramente creyó que un ladrón podía arrepentirse.

 

Padre Guillermo Marcó

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