¿Seguiremos a Francisco?

9 05 2013

Ya se ha cumplido un mes de la asunción del Papa Francisco. Los que lo hemos conocido en Buenos Aires podemos dar fe de que sigue siendo el mismo. Sus tan comentados gestos de austeridad y cercanía son los mismos que tenía acá. En ese sentido, a mi criterio, la enorme repercusión que éstos tienen ahora no sólo se debe a la alta misión que Jorge Bergoglio cumple desde el 13 de marzo y el consiguiente nivel de exposición al que está sometido (tiene apuntadas las cámaras y micrófonos del mundo entero), sino a la sorpresa que causan. Es que el mundo estaba acostumbrado a venerar la figura del Papa desde la distancia y rodeado de cierto boato. Francisco habla de modo simple y directo, se acerca a la gente y se deja abrazar, es humilde y austero. Esa cercanía y coherencia entre fe y vida impactaron en la gente, sobre todo porque la humanidad está -hoy más que nunca- necesitada de líderes ejemplares que la conduzcan, orienten y guíen.
Si los cardenales lo eligieron después de la breve exposición que hizo ante ellos, señalando la necesidad de que la Iglesia salga de sí misma, dejando de mirarse el ombligo, para dirigirse hacia las periferias de la existencia y del mundo, esos mismos purpurados no deberían sorprenderse de lo que Francisco logró en poco tiempo. Lo primero y más importante fue establecer una empatía con los más de 1.200 millones de fieles que tiene la Iglesia. Hace muchos años me decía un sacerdote en un retiro espiritual: “Nuestro problema es que tenemos respuestas para preguntas que la gente no se hace”- Francisco consiguió captar y responder a esas inquietudes. Esto lo comprobamos recibiendo el testimonio de personas que se acercan a la fe después de años de enojo o indiferencia hacia la Iglesia y que gracias a su predicación vuelven a practicar su fe. “Sus palabras me llegaron al corazón, como cuando lo escuché decir que Dios no se cansa de perdonar”, me dijo una mujer, entre los muchos comentarios que escucho.
Muchos esperan grandes reformas en las estructuras y en la curia romana. Ya empiezan a escucharse críticas: ¿Qué hizo hasta ahora? ¿Dónde están los grandes cambios que esperábamos? Quizás el cambio más importante habría que buscarlo por el lado de la “fuerza del testimonio”. Porque a partir de sus gestos acaso muchos se estarán cuestionando sus estilos de vida. Casi todos los días, él celebra la misa en Santa Marta para los que trabajan en la curia, ocasión en la que refiere a una realidad puntual. En la intuición de todo predicador está el suscitar las preguntas. Y Francisco siembra la Palabra; las respuestas las tenemos que encontrar nosotros.
En el rezo dominical del ReginaCoeli, en la Plaza de San Pedro, cuando la gente lo vitoreaba con su nombre -“¡Francesco!, ¡Francesco!”- dijo que no había que caer en la “papolatria”, y le pidió a la gente que gritaran “¡Jesús! ¡Jesús!”. Por eso, más allá de toda reforma de las estructuras, el cambio que necesita la Iglesia es el tuyo y el mío. Si las personas cambian se hace innecesario el cambio de estructuras. No es que el IOR (Banco del Vaticano) sea malo; lo malo fue el uso inapropiado que personas inescrupulosas hicieron del dinero. En términos religiosos (y de eso se trata por cierto la estructura de la Iglesia), Francisco nos invita a la conversión.
En Buenos Aires cada vez que el entonces cardenal Jorge Bergoglio decía algo fuerte los periodistas éstos me preguntaban: ¿A quién se lo dijo? Y la respuesta que él me daba siempre era la misma: “Se lo dije a todos”. Nosotros estamos esperando los cambios que hará el nuevo Papa y quizás Francisco está esperando que cambiemos nosotros.

P. Guillermo Marcó

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