La fiesta del Tata Dios

26 12 2011

En este tiempo de Navidad –que va desde el nacimiento pasa por fin de año, los Reyes y culmina con la fiesta del Bautismo del Señor- solemos hacer un balance del año, mirar para atrás y evaluar nuestros logros y fracasos. Es saludable hacer este examen de conciencia personal, nos permite bajarnos del acelerado tren en el que estamos para mirar la vida con perspectiva. Seguramente que lo primero que aparecerá será lo malo, lo que padecimos, lo complicado que fue el año a nivel país, las tensiones irresueltas, el creciente clima de hostilidad y enfrentamiento en el que vivimos. Sin embargo el niño que vino, nos invita a tener una mirada positiva y agradecida.

  Haciendo mi propia evaluación, cuando miro mi historia humanamente, puedo ahogarme en el mar de las dificultades, sin embargo la fe me invita –frente a la pobreza de mis recursos, mis faltas y omisiones- a experimentar que necesito “ser salvado” por Dios. Si acompaño mi balance reconociendo con humildad esta experiencia de mi limitación puedo esperar algo bueno del año que viene y aunque no me haya ido tan bién vale la pena festejar.

     Una fiesta se diferencia del tiempo de trabajo. La fiesta es una irrupción de un tiempo distinto al cotidiano. En la fiesta uno vulnera el horario, se acuesta más tarde, se come de más. Con la fiesta no se gana, más bien se pierde, por eso el avaro no puede hacer fiesta. Porque en ella no se calcula sino que en cierto sentido se derrocha, se abre la puerta, se agranda la mesa para poner un plato de más para el que no estaba previsto o  invitado. Es por eso que los que más saben “hacer fiesta” son los pobres, comparten lo que hay, sin tanta formalidad ni invitaciones.

 En la vida cotidiana se lucra para vivir, en la fiesta se gasta para compartir. La alegría es la ganancia de la fiesta.

La navidad es una fiesta porque Tata Dios decidió romper su rutina, salirse de la eternidad y meterse en el tiempo de los hombres. A María se le había cumplido el tiempo de dar a luz y como a Dios le gusta hacer cosas desconcertantes los mantuvo despiertos, golpeando todas las puertas del pueblo natal de José, al final fueron a una posada, pero allí tampoco había lugar para ellos.  Es que Tata Dios había preparado una fiesta sin decirles nada a María y a José. Como no había lugar cerrado para tanta gente, Él había elegido un lugar bien abierto: Un pesebre. Es que en aquella noche, Tata Dios tenía pensado, para aquella fiesta sorpresa, muchos invitados: los ángeles, los pastores, los reyes, las estrellas y hasta los mismísimos animales. Si Señor aunque no lo creas una vaca y un buey fueron los testigos privilegiados de este alumbramiento.

Dios quedó tan contento con la fiesta que la repite cada año. Ustedes también están invitados,  en esta navidad estamos invitados a acercarnos al Pesebre, Tata Dios nos invita y corre con los gastos.

                    Presbítero Guillermo Marcó

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