Apostar a la vida, la mejor decisión

9 11 2011

Todos juzgamos que nuestra vida es valiosa, la cuidamos e intentamos hacerla lo más feliz posible, amamos también a nuestras madres y nos parece natural que ellas nos amen. A todos nos costaría sin duda imaginar a nuestra madre llorando a mares por haberse enterado de que estaba embarazada de nosotros. Menos aún sintiendo el deseo de eliminar nuestra vida insipiente  mientras nos desarrollamos inconscientemente en su seno. Pero en muchas circunstancias un hijo plantea interrogantes, sería desconocer la realidad negar este aspecto que algunas veces conlleva un embarazo.

Nadie llega a un aborto en forma despreocupada y con alegría, se llega confundido y acorralado por las circunstancias. He defendido la vida siempre en numerosos artículos, en la radio y en la tele y cada vez que se plantea esta discusión me parece que no se discute nada, sino que cada uno se cierra en su postura, se agravia y no se busca comprender el centro del problema para intentar darle una solución, al menos en lo que nos compete a nosotros desde el punto de vista pastoral.

Hace muchos años,  una mujer se me acercó y me pidió de charlar, tendría una edad mediana y su rostro expresaba tristeza, me contó que tenía dos hijas, una de ellas estaba enferma de cierta gravedad,  “Yo esto ya lo pasé”

-me decía –“es que ya se me murió una hija, pero esa no se enfermó, yo provoque su muerte”.  Me contó las circunstancias, lo joven que era y lo poco preparada que se sentía para ser madre y además: la presión que recibió “para sacármelo de encima”. “Quizás se hubiese sido más fuerte lo hubiese tenido”.  Tuve que insistirle mostrándole como Dios nos perdona siempre que nos arrepentimos del mal que hicimos, a veces -le dije- los que no nos perdonamos somos nosotros.

Cuando alguien cometió un aborto y el paso del tiempo le trae otros hijos y toma conciencia de lo que hizo, le resulta doloroso. Ve crecer a los que tiene y calcula la edad del que no vio crecer, es duro pero es así. [i]La decisión de abortar se toma en poco tiempo, la conciencia de lo que se hizo, dura  toda la vida.

En general el silencio es cómplice, las mujeres suelen comunicar su embarazo a pocas personas, el hombre no sabe qué hacer, si desea tener a ese hijo no tiene modo de evitar que la mujer recurra al aborto. Una palabra segura y de aliento, animarse a hablar del tema ayuda a encontrarle sentido a esa vida que viene y puede ser la solución. Como no se lo ve a ese hijo, pareciera queel aborto es  la mejor opción, sin embargo si se evita y se tiene el hijo y se lo ve crecer, la personas están felices con la decisión que tomaron.

Recuerdo otros chicos que se me acercaron y que estaban en la duda, eran jóvenes estaban de novios, ambos estudiaban y pude convencerlos de que siguieran adelante con el embarazo, que una vida era un regalo de Dios y así tenían que recibirlo, pasaron muchos años y he visto a ese niño crecer, veo como sus padres y hasta sus abuelos la aman con locura y me resulta inevitable pensar que podría no haber estado ahí.

Porque no aplicar los recursos que se gastarían en estas intervenciones a la contención de las mujeres que quieren ser madres, pero las circunstancias duras de la vida las empujan a interrumpir el embarazo?

La vida debe ser valorada como un don de Dios, cuidarla debe ser tarea nuestra ya que todo ser humano merece la oportunidad de alcanzar aquello para lo que fue soñado.

 

Pbro. Guillermo Marcó

Publicado en Clarín hoy en la version impresa del suplemento Valores Religiosos

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La vida de un indefenso

4 11 2011

Frente al debate abierto en la sociedad sobre la despenalización del aborto, quisiera aportar tres reflexiones.

En primer lugar, la lucha por el aborto suele ser una demanda de algunas mujeres. Generalmente, de las que están enroladas en movimientos feministas; con frecuencia, los hombres de Iglesia somos tildados por ellas de machistas. Por eso prefiero pedirle que me ayude en estas reflexiones a una mujer, una luchadora incansable por los derechos de los pobres y premiada como Nobel de la Paz: la Madre Teresa de Calcuta. Ella estaba convencida de que el aborto era un acto de violencia inaudita contra un inocente, peor que un crimen de guerra. Así lo expresaba: “El aborto mata la paz del mundo. Es el peor enemigo de la paz, porque si una madre es capaz de destruir a su propio hijo, ¿qué me impide matarte? ¿Qué te impide matarme? Ya no queda ningún impedimento”.

Muchas veces se invoca en estos casos la mayor afrenta que pueda recibir una mujer: el embarazo no deseado fruto de una violación. ¿Cómo soportar durante nueve meses el desarrollo de un niño que le recuerda a su madre el dolor y la violencia con la que fue concebido?

La Madre Teresa respondía: “Les pido que no destruyan al niño, ayúdense mutuamente a querer y a aceptar a ese niño que aún no ha nacido. No lo maten, porque un horror no se borra con un crimen. Por favor, no maten a los niños, yo los quiero. Con mucho gusto acepto todos los niños que morirían a causa del aborto”.

Ella creó una institución internacional en Calcuta, que se ocupaba de convencer a las madres con problemas de que no abortaran. Les ayudaba a tener al niño y, si ellas decidían que no podían criarlo, les buscaba un hogar de adopción. “Me he unido a la lucha contra el aborto porque considero que el niño aún por nacer es hoy en día el más pobre entre los pobres -ha dicho también-. El menos amado, el más menospreciado, el ser «desechable» de la sociedad.”

En segundo lugar, quiero señalar que en nuestro país se viene insistiendo en la despenalización del aborto con una metodología calcada de la que se usó en Estados Unidos. El doctor Bernard Nathanson fue uno de los promotores de la ley de aborto en ese país. Después de practicar él mismo 75.0000 abortos y el de su propio hijo, y de hacer luego estudios de ultrasonido en fetos dentro del vientre materno, reconoció su error y se volvió un defensor de la vida. Generalmente, para conseguir que en un país se sancione la ley que permite el crimen del aborto es preciso cambiar la mentalidad de la gente influyendo en la opinión pública. Nathanson contó cómo lo hizo: “Fui uno de los fundadores de la Asociación Nacional para la Revocación de las Leyes contra el Aborto, en 1968. Entonces, una encuesta veraz hubiera establecido el hecho de que la mayoría de los norteamericanos estaban en contra del aborto. Sin embargo, a los cinco años habíamos conseguido que la Corte Suprema legalizara el aborto, en 1973. ¿Cómo lo conseguimos? Es importante conocer las tácticas que utilizamos, pues con pequeñas diferencias se repitieron con éxito en el mundo occidental”.

Dijo Nathanson que el primer gran logro fue ganarse a los medios de comunicación. Los convencieron de que la causa pro aborto favorecía un “avanzado liberalismo”. A pesar de que sabían que en encuestas veraces serían derrotados, manipularon los resultados de supuestas encuestas y los publicaron en los medios. Según ellos, el 60% de los norteamericanos era favorable a la ley del aborto. “Conseguimos apoyo suficiente agrandando el número de abortos ilegales que se producían anualmente -contó-. Esta cifra era de 100.000, aproximadamente, pero la que dimos a los medios fue de 1.000.000. Una mentira lo suficientemente reiterada hace una verdad. El número de mujeres que morían anualmente por abortos ilegales oscilaba entre 200 y 250. Sin embargo, la cifra que continuamente repetían los medios era 10.000, y a pesar de su falsedad fue admitida por muchos norteamericanos, que se convencieron de la necesidad de cambiar las leyes sobre el aborto. Otro mito que extendimos entre el público es que el cambio de ley sólo implicaría que los abortos que se practicaban ilegalmente pasarían a ser legales. Pero la verdad es que hoy el aborto es el principal medio para controlar la natalidad en Estados Unidos. Y el número de anual de abortos se ha incrementado quince veces.”

La segunda táctica fundamental, relató el médico, fue jugar “la carta del anticatolicismo”. Y, admite, desacreditaron sistemáticamente a la Iglesia Católica. “Calificamos sus ideas sociales de retrógradas, atribuimos a sus jerarquías el papel del «malvado» principal entre los opositores al aborto, resaltándolo incesantemente. Los medios reiteraban que la oposición al aborto procedía de esas jerarquías y no de los católicos. Y, una vez más, falsas encuestas «probaban» reiteradamente que la mayoría de los católicos deseaban la reforma de las leyes antiaborto. Los tambores de los medios persuadieron al pueblo norteamericano de que cualquier oposición al aborto tenía su origen en la jerarquía católica y de que los católicos pro abortistas eran los inteligentes y progresistas, los que dicen que eso es vivir en democracia. El hecho de que grupos cristianos no católicos, y aun ateos, se declarasen pro vida fue constantemente silenciado.”

La tercera táctica fundamental, reveló Nathanson, fue “denigrar o ignorar cualquier evidencia científica de que la vida comienza con la concepción”.

Cualquier coincidencia con lo que pasa en la Argentina es pura fantasía.

Por último, es necesario destacar que el tema del derecho a la vida es un tema de derechos humanos. También, un tema médico-científico cuya defensa, paradójicamente, se asume desde lo religioso, pero podría no ser así. Todo médico sabe que en el óvulo fecundado que anida en el vientre materno está toda la carga genética de un nuevo ser humano, sujeto de derechos, más aún que cualquier otro porque está indefenso. Resulta contradictorio que quienes más deberían velar por su vida resulten su amenaza: su madre y el médico.

Es importante no ignorar el dolor que acompaña a una mujer que ha abortado. Recientemente, en el congreso por la vida realizado en la región del Noroeste, decía monseñor Torrado Mosconi: “Por eso queremos también dirigir nuestra palabra de consuelo a las mujeres que han vivido la terrible tragedia del aborto. Sabemos de su silencioso dolor, su tremenda soledad y su profunda angustia. Imploramos al Señor de la Vida que les conceda la paz a su corazón arrepentido de mujer y de madre. Las alentamos a ser hoy fuertes y valientes defensoras de la vida, confiando en la infinita misericordia de Dios, que tiene el poder de vencer el pecado y la muerte, de sanar las viejas heridas y devolverlas a la alegría de la vida”.

Es nuestro deber como Iglesia seguir buscando formas de contención y acompañamiento de las madres en riesgo. Tal como ha afirmado hace pocos días la Comisión Permanente del Episcopado: valoramos las recientes medidas adoptadas respecto del cuidado de la vida en la mujer embarazada. Es absolutamente prioritario proteger a las futuras madres, en particular a las que se encuentran en estado de marginalidad social o con dificultades graves en el momento del embarazo.

Los abortistas tienen suerte de que sus madres no hayan pensado igual sobre su destino. De haber sido así, sencillamente no estarían aquí. Es preciso no usar artimañas ni eufemismos en un tema por demás grave: el aborto es lisa y llanamente el asesinato de un indefenso y no el derecho de la mujer de disponer de su propio cuerpo. © La Nacion

 

Pbro. Guillermo Marcó.

Publicado el 04/11/2011 en la edición impresa de La Nación.