La primavera

21 09 2011

Hemos tenido –a diferencia de años anteriores- un duro invierno. Mucha gente detesta el frío. La neblina, los paisajes teñidos de ocre por el pasto quemado, los árboles desnudos y sin hojas, característicos del invierno, producen cierta tristeza. Sin embargo, detrás de esta cara negativa, y desde un punto de vista personal me fascina la alternancia de las estaciones.  

            Siempre he creído que el contraste es una de las características fundamentales de la belleza, no hay belleza sin él, y podemos valorar un día soleado, si ha existido otro nublado. Esta alternancia, inscripta por Dios en la armonía de la creación, tiene un secreto escondido que hay que saber descubrir. Durante el invierno, en el aparente reposo de la naturaleza, que hacia fuera luce seca e inactiva, se está gestando el milagro de la primavera, las raíces y los troncos se engrosan acumulando lo necesario para “estallar” en la explosión de vida que veremos en los próximos días. El aire se tornará más cálido, en los lugares abiertos se cargará de perfumes y se estiraran los días.

            ¿Me pregunto en que hemos crecido en este invierno, para poder desplegar en la estación que se avecina? Al fin y al cabo también somos parte de esta naturaleza que revivirá pronto. Ella se ha vuelto hacia adentro, para desplegar su arsenal de vitalidad en pocos días ¿Hemos hecho alguna introspección para percibir en que queremos crecer? Si el invierno nos dejó fríos e indiferentes ¿No será un buen momento para crecer en el amor, en donde estamos plantados, es decir en el ambiente en donde nos movemos: amigos, familia y compañeros de trabajo?

            Septiembre es también el mes de la Biblia, quisiera citar un libro poco conocido del Antiguo Testamento: “El cantar de los cantares”, allí se exalta el amor humano, pero también los místicos -como San Juan de la cruz- han bebido de sus páginas para expresar el amor del hombre y Dios. En 2,10-13 dice así: “Habla mi amado y me dice: ¡Levántate amada mía, y ven hermosa mía! Porque ya pasó el invierno, cesaron las lluvias. Aparecieron las flores sobre la tierra, llegó el tiempo de las canciones, y se oye en nuestra tierra el arrullo de la tórtola. La higuera dio sus primeros frutos y las viñas en flor exhalan su perfume”.

            Si la naturaleza nos invita a contemplarla, atrayendo nuestros sentidos, podemos acompañarla, redescubriendo el valor inmenso de la vida. La persona enamorada de  este milagro, no puede dejar de volver los ojos a Dios para agradecerle lo que El ha querido darnos con generosidad. Podemos hacerlo a través de la oración. Santa Teresa de Jesús-la gran mística española del siglo XVI- hallaba inspiración en la naturaleza para rezar: “Campo o agua, flores, en estas cosas hallaba Yo memoria del creador, digo que me despertaban y recogían y servían de libro”. (Libro de la Vida 9,5)

Decía San Agustín: “La hermosura del Universo es como un gran libro: contempla, examina, lee lo que hay arriba y abajo. No hizo Dios para que lo conocieras letras de tinta, sino que puso ante tus ojos las criaturas que hizo. ¿A que buscas testimonio más elocuente? El cielo y la tierra te gritan: Somos hechura de Dios (Confesiones)

Sería bueno en esta primavera, purificar la mirada utilitarista, cientificista o consumista y recrear una mirada contemplativa sobre la naturaleza, las cosas y las personas que nos rodean.

 

                                                                                                                                                                                                                      Pbro. Guillermo Marcó

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