La Cuaresma

10 03 2011

Estamos en la puerta de la cuaresma, ayer se celebró el “miércoles de ceniza”, inmediatamente concluído el carnaval.

Dicha fiesta tenía su origen en la de los saturnales de la sociedad Romana. Una vez al año antes de conmemorar el inicio del “cosmos” se volvía al “caos primigenio”, se alteraban las relaciones familiares y revestidos de máscaras -para no ser conocidos- hombres y mujeres se entremezclaban en una orgía colectiva. El miércoles de ceniza, les recordaba al hombre, la pobreza de su condición, aunque pretenda eternizarse, ser siempre joven y poderoso, va a volver al polvo del que fue tomado: “recuerda que eres polvo y al polvo volverás”, dice el sacerdote mientras impone la ceniza sobre la cabeza de los fieles. Tenemos cosas de que arrepentirnos individualmente y como sociedad, a diferencia de los soberbios que se creen perfectos y sin errores, que nunca rectifican sus acciones y se comportan como déspotas con los demás, el hombre religioso, tiene esta oportunidad para intentar corregir su camino equivocado.

Comunitariamente tenemos cosas que rectificar también, sobre todo en cuanto el tema de la violencia social, la desigualdad, el homicidio y la venganza.

Cuando Dostoiewski escribió: “Crimen y Castigo”, Raskolnikov, el protagonista de la obra, se yergue como un superhombre y pretende situarse por encima del bien y del mal. Para demostrarlo, comete un homicidio. Y así se convence que no debe acatar ninguna ley moral. Su lucha por conquistar esa impasibilidad que lo exime del pecado, no puede sobreponerse  a su conciencia, que desde lo hondo de su espíritu le dice que es un criminal. Nuestros delincuentes de hoy carecen muchas veces de conciencia porque están drogados, y bajo el terrible influjo de los estupefacientes, no saben lo que hacen. Antes hasta los ladrones tenían un código de ética.

Por el otro lado, se erige una sociedad acosada y escandalizada por la delincuencia. El problema es de todos, y aunque nos cueste reconocerlo, estamos pagando el precio de ser una sociedad donde no se predica con el ejemplo. Se presentan dos alternativas: una el endurecimiento de penas, otra, la educación y las oportunidades sociales que saquen a la gente de su marginalidad y pobreza.

Cuando he tenido la suerte de convivir en otras sociedades más organizadas me pregunté si serían distintos a nosotros, pude comprobar que no, simplemente tienen leyes. Esas leyes son medianamente justas y se cumplen. Quien, en su libre albedrío, decida no hacerlo se hace acreedor de una multa o una pena que de verdad se efectiviza. Estas sociedades en su conjunto han alcanzado cierta equidad social. No se puede dejar de reconocer, que la destrucción sistemática de la familia, ha tenido su incidencia en los jóvenes que hoy delinquen. Ellos reciben lo que pueden darles la calle, la televisión y los amigos por toda contención afectiva. Fomentar desde nuestras comunidades el deporte, la familia, la educación en los valores trascendentes y enseñar a escuchar la voz de la conciencia puede ser un buen camino para que Dios nos vuelva a mirar y vea que todavía como sociedad podemos ser “buenos”

Apostar en serio a la educación y construir más Escuelas que Institutos de Menores, solucionará  nuestro problema en el futuro. De lo contrario, solo endureciendo penas, estaremos remontando un barrilete en un vendaval.

Pbro. Guillermo Marcó

Anuncios