La pasión por enseñar

21 09 2010


Sin duda que los tiempos cambian, a veces no se si para bien o para mal. Me es imposible hablar del día del maestro sin retrotraerme a la infancia y a la influencia con la que muchos “maestros” marcaron mi vida.

Lo primero que recuerdo es el respeto reverencial que sentía de chico por aquel docente que estaba a cargo de mi grado. Su palabra era incuestionable y temblaba ante la idea de que me tomara prueba y no supiera, por haberme quedado a la tarde en casa distraído sin hacer los deberes. Si venía una mala nota, el que sufría el castigo era yo. No tengo recuerdos de algún episodio en donde mis padres hayan ido a increpar a la maestra por haberme reprobado injustamente, como pasa hoy.

. Desde chico mamá me había inculcado la pasión por los libros, en casa se leía y aunque fueran libros de viajes o de aventuras ocupaban mi tiempo libre al igual que los soldaditos, el juego del estanciero, mis ladrillos, los autitos de carrera o la colección de figuritas. Papá tenía otro temple y me inculcó el amor por el deporte y la vida al aire libre. Pero no es mi intención detenerme en aquellas anécdotas comunes que poblaron nuestra infancia y adolescencia, sino en algo mas contundente como lo fue la curiosidad por aprehender, que supo despertar aquel docente que enseñaba con pasión. Aunque parezca una obviedad no fue uno de religión, que por aquella época no centraba mi interés.

Supongo que como a todos, la llegada de la secundaria y su multiplicidad de profesores, inauguraron una novedad. Hasta aquel momento había que estudiar para aprobar. Sin embargo aquel profesor de historia tenía algo diferente, no solo venía a trabajar por un salario, transmitía entusiasmo en lo que contaba. De sus clasesemergían aquellos nombres que poblaban la historia, para resucitar llenos de vida, con sus luchas, sus sueños y sus logros, se hacían presentes para cautivarnos en la clase. Todo esto lo salpicaba con una sana cuota de humor y simpatía.

Lo que quiero resaltar aquí es aquel vínculo que se produce en el alumno a través del conocimiento, cuando aquel que enseña lo hace con pasión y sabe contagiar lo que le gusta.

Tuve otros maestros que querían hacer alarde de su conocimiento y enseñaban más de lo que sabían. Es el caso de aquel docente que se vuelve incomprensible y no le importa que lo entiendan y si no le entienden el problema radica en la estupidez y la ignorancia del alumnado. Ya en el seminario recuerdo una charla con el Padre Lucio Gera, -que es un teólogo brillante- y con la humildad propia de de los grandes me decía: “cuando era joven, enseñaba más de lo que sabía”. “cuando fui madurando enseñaba lo que sabía”. Ahora enseño lo que los alumnos pueden comprender”.

Pienso en tantos maestros que dejaron su vida por la vocación de enseñar, en aquel maestro rural que conocí en el Chaco, para poder enseñar a los chicos del campo  vivía en el aula, literalmente, allí se acostaba en el piso –con un colchón- por las noches.

Porque creo que se trata de eso, educar no solo es transmitir conocimientos, es enseñar una cosmovisión de la vida y del mundo, es ayudar a abrir los ojos para saber mirar, es transmitir valores y convicciones. Por eso me parece espectacular haber tenido la dicha de aprender de verdaderos maestros, de los que me sentí discípulo, a quienes admiré y a quienes cansé a preguntas, porque cada respuesta suya, me abría a nuevos desafíos y a nuevas inquietudes.

¿Y que pasa con los alumnos? Se puede estudiar para safar -como dicen los chicos- pero como todas las cosas arduas en la vida si uno se esfuerza alcanza algo inesperado. Si existe placer en gozar de los bienes materiales, existe también un placer intelectual, es el del conocimiento y su búsqueda es “la verdad”.

Cuando he podido sumergirme en el estudio y aquello que estaba estudiando atraía mi interés y mi curiosidad, llegaba un momento de “iluminación”, donde aquello se comprendía, la mente se llenaba de luz y aquel problema complejo aparecía de un modo simple y nuevo.

Que lejos del que busca copiarse, zafar con una nota, en el fondo engañarse a sí mismo con su ignorancia. Internet, podrá darte millones de datos que no tenés porque memorizar, pero solo el esfuerzo por saber y alcanzar la verdad, podrá hacerte aprovechar lo que sabe un “maestro” En el maestro verdadero encontraremos la cercanía y la confianza que nacen del amor, porque todo verdadero educador sabe que para educar debe dar algo de sí mismo y que sólo así puede ayudar a sus alumnos a superar los egoísmos y capacitarlos para un amor auténtico. Sería muy pobre una educación que se limitara a dar nociones e informaciones, dejando a un lado la gran pregunta acerca de la verdad, sobretodo de aquella verdad que puede guiar la vida.

En mi conversión, también descubrí a Jesús como “Maestro”, era el que enseñaba de un modo nuevo, el que se preocupaba por ayudarnos a descubrir esa verdad fundamental de nuestra vida. Todavía después de 30 años de releer los textos del evangelio me siguen conmoviendo sus dichos. “Enseña como quien tiene autoridad” decía la gente de su época y la autoridad emanaba de su propia coherencia. Las palabras mueven, pero definitivamente los ejemplos arrastran.

Pbresbítero Guillermo Marcó

Director de la Pastoral Universitaria del Arzobispado de Buenos Aires

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