La Alegria de Dar

17 08 2010

Esta última semana se conoció la iniciativa de algunos millonarios americanos para donar la mitad de sus bienes para obras caritativas y benéficas. Bienvenida sea esta iniciativa y ojalá sea correcta la aplicación de fondos para beneficio de los más necesitados. Sin embargo cuando se tienen 150.000 millones de dólares, donar la mitad de ese capital no alterará en nada la vida de estos mega millonarios, ya que después de adquirir todo lo que uno pueda imaginar, ese dinero es solo una cifra en una institución bancaria, que se sigue atesorando solo por avaricia y la avaricia es un un pecado capital, un vicio. Los vicios se suelen combatir con las virtudes que les hacen de contrapeso, por eso se combate la avaricia con generosidad. Cuanta el evangelio que una vez Jesús, se sentó frente a la sala del tesoro del Templo y miraba cómo la gente depositaba su limosna. Muchos ricos daban en abundancia. Llegó una viuda de condición humilde y colocó dos pequeñas monedas de cobre. Entonces él llamó a sus discípulos y les dijo: “Les aseguro que esta pobre viuda ha puesto más que cualquiera de los otros, porque todos han dado de lo que les sobraba, pero ella, de su indigencia, dio todo lo que poseía, todo lo que tenía para vivir”. (Mc 12, 38-44) Jesús no midió la cantidad, sino la generosidad de la actitud. Los hombres miramos la cifra, pero Dios que mira los corazones, ve otra cosa, algo que todos podemos hacer y nos interpela: ¿Cuánto estás dispuesto a compartir? Quizás no puedas donar esa cifra apabullante, porque sencillamente jamás la tendrás, pero uno puede compartir muchas cosas en la vida, como comparte también el rico, que genera trabajo para los demás y paga salarios dignos y le permite a los pobres ganarse el pan con el sudor de su frente; y el joven que no tiene bienes pero da de su tiempo para ayudar a otros; y los padres que gastan sus horas para educar a sus hijos, y se desvelan de noche pensando que será de su futuro, que por ahora depende de ellos. El secreto está en saber compartir. Porque en realidad, los bienes son necesarios para la vida, pero cuando los medios se convierten en fines terminan ejerciendo un poder nefasto sobre nosotros, son como una obsesión de la que tanta gente está presa y de la que uno se pregunta. ¿Para que quieren más? Con tal de atesorar bienes son capaces de sacrificar su familia, entregar su tiempo hasta el agotamiento y a veces cuando se codician los bienes ajenos, matar para robar lo que no les pertenece. Hace días apenas, acabamos de volver de misionar en el Chaco. En una visita tempranera a la casa de Elena, la sorprendimos con el horno de barro prendido porque estaba por hacer pan. La comida no le sobra, tiene marido y seis hijos, un ranchito pobre y algunas changas para sobrevivir, lo que si sobra allí es alegría, educación y respeto. Sus hijos son cariñosos y han aprendido de su mamá que no hay que vivir quejándose sino estar agradecidos por lo que hay. Elena estaba horneando pan. No solo para ella, a la tarde trajo dos enormes y crujientes panes para compartirlos con nosotros. Ella y tantos otros nos enseñan ese secreto, el que descubrió la viuda del evangelio: “la alegría de compartir” Mientras el avaro se alegra a medida de que aumentan sus bienes, el que sabe ser desprendido encuentra su riqueza en dar a los demás.

Pbro. Guillermo Marcó

Anuncios