Jamás desesperes

26 12 2009

“Jamás desesperes, aún estando en las más sombrías aflicciones, pues de las nubes negras cae agua limpia y fecundante”.

Miguel de Unamuno.

Esta suele ser una época de balance, que normalmente abarca dos aspectos de la vida: una mirada retrospectiva al año que se va, con sus circunstancias históricas, que fueron el marco de referencia para nuestras historias personales. Ellas tienen un sinfín de particularidades que las hacen distintas todas: las relaciones humanas en la familia y el trabajo; la salud y la enfermedad; la paz y la discordia, nuestras penas y alegrías.

Comenzamos el año aterrados con el caos económico de la crisis mundial, pronósticos apocalípticos de un mundo que ya no iba a ser el mismo. Me pregunto si todos los profetas económicos que escribieron tantas necedades se atreverán a hacer una autocrítica.

Mientras tanto en este país, donde todo es posible, los Chaqueños empezaban a morir -víctimas de las malas inversiones en veneno vencido- que no paró a tiempo el dengue.

La gripe “AH1N1” fue el otro jinete apocalíptico que cabalgó sobre nuestras cabezas este invierno, conejillos de indias del hemisferio norte, sin vacunas que nos protegieran, vivimos paranoicos, bañados en alcohol en gel y mirando cual leproso al primero que estornudaba en el colectivo. Sobrevivimos al proceso eleccionario, a los piquetes, los paros de subte,a los cortes de todo tipo, motivo, e ideología. La inseguridad fue el tema que más nos preocupó, porque se trata de la vida amenazada, sin destinatario específico, frente a un estado que la ningunea y  nos desampara.  Nuestros campos pasaron de la sequía a la inundación. Como siempre me recordaba un amigo Chaqueño: “Padre rece para que llueva y también para que pare”

Por otro lado millones de argentinos madrugamos cotidianamente para ganar el pan con el sudor de nuestra frente “trabajando”, amamos la paz y el diálogo, evitamos la confrontación y la violencia, supimos disfrutar de los amigos y la familia.

Celebramos los veinticinco años de una mediación Papal que nos evitó una guerra fratricida con Chile, un millón trescientas mil personas caminaron a Luján y a pesar de los males cotidianos seguimos conservando las ganas de luchar y no hemos perdido la Fe.

Cada uno hará su propio balance del año que se nos vá, quisiera ahora proponer una reflexión para el que viene.

Estamos en el tiempo de navidad, un tiempo festivo que recorre el calendario desde la “nochebuena”, pasa por la fiesta de reyes y culmina con el bautismo del Señor. El ñiño que nos ha nacido nos renueva la tan necesaria esperanza en un año “nuevo”.

¿A que nos referimos cuando expresamos este deseo de novedad?

Por un lado siempre que algo está por comenzar ponemos toda nuestra expectativa para que sea diferente, suponemos que mejor.

Quizás el motivo de este artículo sea una invitación a una esperanza activa. La esperanza suele ser la menos conocida de las virtudes teologales, de hecho conocemos y valoramos más la Fe o la caridad, sin embargo es la esperanza la que nos tracciona hacia el futuro que se avecina. San Agustín decía: “Nos hiciste,  Señor, para Ti, y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en Ti”.

Normalmente tenemos el corazón inquieto, son tantas las cosas que nos amenazan desde afuera y desde dentro ¿Dónde encontraremos protección y refugio? Cuando tengo Fe, creo en lo que Dios me enseña, en lo que debo hacer para mi vida, la caridad me hace obrar en consecuencia. Si creo, amaré lo que él me pide que ame. Esperar en él es diferente. Es haber comprendido un secreto del mundo y de la vida. Ella tiene matices buenos y malos, pero no espero del mundo más de lo que me puede dar: a veces alegrías a veces tristezas, cuando espero en Dios lo que cambia es mi mirada. Es como si la vida fuera una larga pasantía, donde todo está para aprehender, es usar las dificultades para ascender por la escalera de la sabiduría, así lo bueno y lo malo cobran su sentido. Lo “nuevo” del año que espero puede estar en las circunstancias, que desconozco, pero mucho más puede estar en una búsqueda personal, en hacer crecer la esperanza en Dios y a mirar la vida como él la mira.

El tiene la también la fuerza de “hacer nuevas todas las cosas”como dice en el libro del Apocalipsis. Puedo renovar mi “loock”, mi vestuario, cambiar de trabajo, de pareja, de ideas… el desafío más difícil es cambiar por dentro, no esperar que lo nuevo venga de afuera, sino que esa luz renovada venga del propio interior, del encuentro con Dios. Abandonar en él la inquietud por el futuro. San Ignacio solía decir:“hace todo como si dependiera de vos, sabiendo que todo depende de Dios” La esperanza nos da a los creyentes, el sentido último de esta vida-que no es la definitiva-ya que lo nuevo que esperamos está mas allá de los límites de este mundo: en la patria del cielo. La esperanza de la salvación y del encuentro con Cristo. Una esperanza activa que nos compromete a vivir en plenitud, un mundo de valores, haciendo que el cielo se anticipe aquí en la tierra.

Presbítero Guillermo Marcó

Director del Servicio de Pastoral Universitaria

del Arzobispado de Buenos Aires

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La fiesta del tata Dios

19 12 2009

Se acerca la navidad, en este tiempo solemos hacer un balance del año, mirar para atrás y evaluar nuestros logros y fracasos. Es saludable hacer este examen de conciencia personal, nos permite bajarnos del acelerado tren en el que estamos para mirar la vida con perspectiva. Seguramente que lo primero que aparecerá será lo malo, lo que padecimos, lo complicado que fue el año a nivel país, las tensiones irresueltas, el creciente clima de hostilidad y enfrentamiento en el que vivimos, en el teatro cotidiano de ofensas, mentiras y acusaciones cruzadas. Sin embargo el niño que viene, nos invita a tener una mirada positiva y agradecida. Haciendo mi propia evaluación, cuando miro mi historia humanamente, puedo ahogarme en el mar de las dificultades, sin embargo la fe me invita –frente a la pobreza de mis recursos, mis faltas y omisiones- a experimentar que necesito “ser salvado” por Dios. Si acompaño mi balance reconociendo con humildad esta experiencia de mi limitación puedo esperar al niño que viene. Es importante volver a recordar que es la navidad, que es lo que festejamos, porque aunque parece una obviedad, la sociedad de consumo se ha encargado de borrar del mapa al protagonista de la fiesta. Los pesebres escasean y el universo de adornos navideños y lucecitas de colores oculta su sentido. Se acercan las “Fiestas” dice la gente por ahí, mientras muchos se deprimen, porque estas fechas les traen nostalgia, tristeza y el recuerdo de algún ser querido que ya no está. Una fiesta se diferencia del tiempo de trabajo. La fiesta es una irrupción de un tiempo distinto al cotidiano. En la fiesta uno vulnera el horario, se acuesta más tarde, se come de más. Con la fiesta no se gana, más bien se pierde, por eso el avaro no puede hacer fiesta. Porque en ella no se calcula sino que en cierto sentido se derrocha, se abre la puerta, se agranda la mesa para poner un plato de más para el que no estaba previsto o invitado. Es por eso que los que más saben “hacer fiesta” son los pobres, comparten lo que hay, sin tanta formalidad ni invitaciones. En la vida cotidiana se lucra para vivir, en la fiesta se gasta para compartir. La alegría es la ganancia de la fiesta. La navidad es una fiesta porque Tata Dios decidió romper su rutina, salirse de la eternidad y meterse en el tiempo de los hombres. A María se le había cumplido el tiempo de dar a luz y como a Dios le gusta hacer cosas desconcertantes los mantuvo despiertos, golpeando todas las puertas del pueblo natal de José, al final fueron a una posada, pero allí tampoco había lugar para ellos. Es que Tata Dios había preparado una fiesta sin decirles nada a María y a José. Como no había lugar cerrado para tanta gente, Él había elegido un lugar bien abierto: Un pesebre. Es que en aquella noche, Tata Dios tenía pensado, para aquella fiesta sorpresa, muchos invitados: los ángeles, los pastores, los reyes, las estrellas y hasta los mismísimos animales. Si Señor aunque no lo creas una vaca y un buey fueron los testigos privilegiados de este alumbramiento. Dios quedó tan contento con la fiesta que la repite cada año. Ustedes también están invitados, en esta navidad acérquense al Pesebre, Tata Dios los invita y corre con los gastos.

Presbítero Guillermo Marcó