¿Soy yo acaso guardián de mi hermano?

14 11 2009

Diversas noticias sacuden nuestra modorra día a día, protestas, reclamos, cortes de calle y cuando no la violencia de la delincuencia. La gente que vive enrejada y asustada y los delincuentes disculpados por los jueces y liberados por ser víctimas de la exclusión social. Podrá aducirse que esto pasa en todas partes, que en algunos lugares es peor, que la culpa la tiene el sistema porque expulsa y crea resentimiento. Que las cárceles no sirven, porque corrompen más en vez de encausar a las personas. Es verdad. Del otro lado el malestar social crece, parece que los derechos de los que trabajan y no hacen nada contra nadie, no existen. Hay una masa muda de gente maltratada cotidianamente que tiene que viajar como rehén, cuando la dejan, cuando no le cortan el servicio los delegados gremiales o las calles las manifestaciones de cualquier tipo y color, cuando no la asaltan en la vía pública o en su casa. Ya en los albores de la humanidad en las primeras páginas de la Biblia, se relata el primer fratricidio, es una historia mítica repetida hasta el cansancio por los hombres de diversas razas y culturas que parecen no poder poner un dique a la pasión de la ira. Caín mata a Abel, cuando Dios le pregunta ¿Dónde está tu hermano? Él contesta “No lo se”. “¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano?” Uno de los descendientes de Caín fue Lamek, el cual dice en el cap. 4 del Génesis: “Yo mate a un hombre por una herida que me hizo. Caín será vengado siete veces mas Lamek lo será setenta y siete. Y la tierra se lleno de violencia”. Tengo la desagradable percepción que la sociedad se está llenando de violencia, de los que la provocan, pero mucho más de la masa silenciosa que cada día la padece. Una sociedad se construye entendiendo los derechos de la convivencia, hay derecho a protestar ¿Pero se puede en nombre de un conflicto gremial afectar la vida de un millón y medio de personas que se trasladan -no por mero placer- sino para conseguir el pan de cada día con el sudor de su frente? ¿No será hora para todos de recapacitar y buscar otras formas de reclamar –que es un derecho legítimo- que no le provoquen más dificultades al resto? Me parece que no pasa por apoyarse solo en sus derechos de forma egoísta, sino por ponerse en el lugar del otro, que solo quiere que lo dejen vivir, trabajar y llegar a su casa al final de la jornada. Sería bueno reflexionar sobre la pregunta que Dios le dirige a Caín: ¿Dónde está tu hermano? Podemos contestar con indiferencia: ¿Soy yo acaso guardián de mi hermano? O por el contrario descubrir que necesito del otro, que vivir en sociedad es tender puentes, no dinamitarlos, que se pueda pensar distinto sin menospreciar las ideas del otro. Vivir en democracia significa generar una sociedad para todos, mientras nuestros vecinos Chile, Uruguay y Brasil marchan por esa senda, la Argentina se ha empeñado –más allá de los avatares de la economía- en ser un país done convivir se hace cada día más difícil. Lo que debería ser común se hace complicado y el maltrato se contagia a todos los estamentos de la sociedad. La paciencia se vuelto la virtud de los ciudadanos de a pie, que padecen todos los días la intimidación de unos pocos.

 

Pbro. Guillermo Marcó

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Halloween y la muerte: ¿final o punto de partida?

5 11 2009

 

Skull

El miedo y la cultura del terror parecen revivir en esta fiesta de Halloween que significa “All hallow’s eve”: “víspera de todos los santos” que se celebra el 1 de noviembre. La celebración del Halloween se inició con los celtas, antiguos pobladores de Europa. Entre ellos habitaban los druidas, sacerdotes paganos adoradores de los árboles, especialmente del roble. Ellos creían en la inmortalidad del alma, la cual se introducía en otro individuo al abandonar el cuerpo; pero el 31 de octubre volvía a su antiguo hogar a pedir comida a sus moradores, quienes estaban obligados a darle de comer. De lo contrario el fantasma molestaría a quien le negase provisiones.
El año céltico concluía en el otoño, cuya característica principal es la caída de las hojas. Para ellos significaba el fin de la muerte o iniciación de una nueva vida. Esta enseñanza se propagó a través de los años juntamente con la adoración a su dios el “señor de la muerte”, a quien en este mismo día invocaban para consultarle sobre el futuro, salud, prosperidad, muerte, entre otros.
Ahora vía la sociedad de consumo se fomenta esta práctica en los chicos, que es ajena a nuestra cultura. Lo importante es entender porque se celebra un día al año la fiesta de Todos los Santos y al día siguiente la de los fieles difuntos, y usando el tema que se instala en los medios, reflexionar sobre una realidad que es dura de explicar: “algún día, lejano o cercano, todos vamos a morir” de esta certeza nadie puede escapar.
Hace 22 años misionando en la provincia de La Rioja, pusimos un día para celebrar la misa de difuntos en el cementerio local de un pequeño poblado. Desde el templo parroquial salimos en procesión hacia el cementerio que estaba a unas diez cuadras. En el pueblo había un hombre muy gracioso y un tanto borrachín, se me acercó y con expresión seria me pidió llevar la cruz de la procesión, a lo que accedí algo sorprendido. Iba delante de todos abriéndonos paso con aire meditabundo. Cuando regresamos me dijo: “Padre de este camino no se salva nadie, lo recorren los pobres y los ricos y todos van a parar al mismo lugar”. A lo que le conteste: tiene razón, el camino del cementerio es el mismo, el que se recorre después de la muerte es distinto, Jesús nos enseña a mirar más allá, por eso fuimos a rezar y no a hacer un acto de despedida, fuimos con la esperanza puesta en que a partir de la resurrección de Cristo de entre los muertos, el sepulcro no es nuestro destino final. Ese es el destino que nos señalan los santos y los fieles difuntos, la muerte fue solo el momento de la partida.

 

Presbítero Guillermo Marcó