Explora en la cultura

6 11 2008

Publicado en el diario  LA NACION el 05/11/2008

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A mediados de octubre fui invitado a participar de Wemedia, un foro sobre nuevas tecnologías. Me resultó interesante el subtítulo: Explorá en la cultura . En mi experiencia personal, diría que fue bucear en la cultura contemporánea, pero sin tanques de oxígeno; es decir, sumergirme para quedar sin aire ante el abismo de la ignorancia. La mayoría de los expositores nos advirtieron que estamos presenciando un cambio abrupto en la cultura y un salto al vacío, una aventura cuya dificultad mayor es poder entender lo que viene; en algunos casos, lo que ya está.

Si creen que deliro, como también lo hicieron algunos expositores, comenzaré haciendo memoria. Mi abuela materna nació en 1897, yo crecí escuchando sus cuentos de cuando era chica; ella vivía en la esquina de Cerrito y Juncal, la luz era de gas, se trasladaban en coche de caballos y, en el fondo de la casa, tenían caballerizas. Le tocó ver los cambios que se produjeron con la luz eléctrica, la radio, el auto y el teléfono. Recuerdo estar viendo con ella la televisión (en blanco y negro y sin control remoto) cuando el hombre llegó a la Luna. Se levantó y se fue porque no podía creerlo.

Con mis 48 años, recuerdo mi sorpresa ante el primer teléfono celular, que tenía el tamaño de una caja de zapatos; además, sólo servía para hablar por teléfono, carecía de jueguitos, Internet, música, agenda, cámara de fotos y otros amenties que tienen nuestros minúsculos aparatos de hoy.

Ahora no sólo tenemos Internet, sino la Web 2.0, que implica que los usuarios no sólo bajan información, sino que se convierten en creadores activos, debaten en diversos foros, intercambian información, fotos y conocimiento.

Los niños y los jóvenes tienen algo que enseñarnos a los adultos, ellos son “nativos digitales”, nosotros meros inmigrantes, suplicándoles que tengan la paciencia de enseñarnos cuando sentimos perplejidad frente al control remoto del televisor, que quedó inutilizable por alguna función desconocida. Ellos manejan cualquier dispositivo con la mayor facilidad.

Es decir, que me atrevo a incluirme en otra categoría sociológica novedosa: soy info-pobre. Frente a un futuro hiperconectado, no quiero quedarme afuera de estos medios novedosos y útiles, pero los de mi generación y más allá necesitamos de los más jóvenes para que nos enseñen.

El tema es no sentirnos superados mientras nos aferramos a nuestro teléfono de siempre, porque a “este lo entiendo”, (el mío me lo retiró la compañía porque no tenía chip, y pronto iba a quedar desactivado). Podrán decirme que lo mío es una frivolidad, que hay gente que no tiene celular. En el Chaco, en la colonia La Matanza, donde misiono cada año, en medio de la nada, donde escasea el agua y la comida, todos tienen celular, algunos incluso carecen de luz eléctrica y lo cargan en la escuela. Es vital para mantenerse comunicado, ellos me envían mensajes de texto, que contesto con dos dedos, mientras los chicos casi sin mirar el teléfono envían tres simultáneos.

Otro de los disertantes nos decía: “El que se enoja pierde” y nos exhortaba a ser “aprendices permanentes” y a no “banalizar lo nuevo”.

Hoy se crean softwares compartidos. Un claro ejemplo es Linux, una sociedad libre necesita software libre. Necesita la libertad para inspeccionar el software , aprender de él y modificarlo de acuerdo a sus necesidades.

Las computadoras se usan para compartir ideas, cultura e información. Sin estas libertades sobre el software , estamos en riesgo de perder el control sobre lo que compartimos. Se juntaron gratuitamente para crear una alternativa al sistema operativo de Windows, contribuyeron para eso 60.000 programadores. De haber tenido que financiar el proyecto, hubiese implicado 8.000.000 de dólares. El poder está entonces en compartir.

Se han creado también redes sociales de voluntariado y otras para conocer o encontrar personas. Estamos frente a la democratización de la información.

El otro costando, por demás apasionante también, es saber descubrir lo que no cambia. Podemos encandilarnos con la tecnología y los jóvenes pensar que lo saben todo, porque lo pueden buscar en Google; pero nada reemplazará el conocimiento como lugar de síntesis que se da en la mente humana.

Hace poco me contaban la anécdota de un venerable profesor universitario, a quien le sobra sabiduría y conocimiento, que se negaba a que sus alumnos lo evaluaran. Cuando recibía los resultados de dicha encuesta, la rompía frente a los alumnos sin mirarla, y mientras lo hacía, les decía: “Según las encuestas, ustedes no llegan a tener más que un pobre vocabulario de 800 palabras, insuficiente para comprender un texto, me entregan exámenes con pésima caligrafía, es decir apenas saben escribir, no tienen rigor para estudiar ni para expresarse en un oral y todavía pretenden evaluarme?” Es verdad, no todo lo que brilla es oro. Las tecnologías son medios; la democratización del conocimiento necesita ser sopesada y evaluada, no todos son capaces de ponerse en pie de igualdad a la hora del saber, pero si los que saben son capaces de adaptarse y usar los beneficios de estas armas poderosas, sin duda los resultados serán excelentes.

Creo que también será interesante explorar las nuevas posibilidades tecnológicas a la hora de pensar nuestra acción eclesial: si San Pablo fue al areópago de Atenas a predicar el evangelio, hoy son los chats, los blogs y las redes, son Wikipendia y Facebook los lugares donde la gente se interrelaciona, donde es importante estar, sabiendo que nada reemplazará el trato y el conocimiento personal.

Si Dios está en todas partes, no permanecerá ausente en la Web 2.0.

El autor es sacerdote.

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