Diversas noticias sacuden nuestra modorra día a día, protestas, reclamos, cortes de calle y cuando no la violencia de la delincuencia. La gente que vive enrejada y asustada y los delincuentes disculpados por los jueces y liberados por ser víctimas de la exclusión social. Podrá aducirse que esto pasa en todas partes, que en algunos lugares es peor, que la culpa la tiene el sistema porque expulsa y crea resentimiento. Que las cárceles no sirven, porque corrompen más en vez de encausar a las personas. Es verdad. Del otro lado el malestar social crece, parece que los derechos de los que trabajan y no hacen nada contra nadie, no existen. Hay una masa muda de gente maltratada cotidianamente que tiene que viajar como rehén, cuando la dejan, cuando no le cortan el servicio los delegados gremiales o las calles las manifestaciones de cualquier tipo y color, cuando no la asaltan en la vía pública o en su casa. Ya en los albores de la humanidad en las primeras páginas de la Biblia, se relata el primer fratricidio, es una historia mítica repetida hasta el cansancio por los hombres de diversas razas y culturas que parecen no poder poner un dique a la pasión de la ira. Caín mata a Abel, cuando Dios le pregunta ¿Dónde está tu hermano? Él contesta “No lo se”. “¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano?” Uno de los descendientes de Caín fue Lamek, el cual dice en el cap. 4 del Génesis: “Yo mate a un hombre por una herida que me hizo. Caín será vengado siete veces mas Lamek lo será setenta y siete. Y la tierra se lleno de violencia”. Tengo la desagradable percepción que la sociedad se está llenando de violencia, de los que la provocan, pero mucho más de la masa silenciosa que cada día la padece. Una sociedad se construye entendiendo los derechos de la convivencia, hay derecho a protestar ¿Pero se puede en nombre de un conflicto gremial afectar la vida de un millón y medio de personas que se trasladan -no por mero placer- sino para conseguir el pan de cada día con el sudor de su frente? ¿No será hora para todos de recapacitar y buscar otras formas de reclamar –que es un derecho legítimo- que no le provoquen más dificultades al resto? Me parece que no pasa por apoyarse solo en sus derechos de forma egoísta, sino por ponerse en el lugar del otro, que solo quiere que lo dejen vivir, trabajar y llegar a su casa al final de la jornada. Sería bueno reflexionar sobre la pregunta que Dios le dirige a Caín: ¿Dónde está tu hermano? Podemos contestar con indiferencia: ¿Soy yo acaso guardián de mi hermano? O por el contrario descubrir que necesito del otro, que vivir en sociedad es tender puentes, no dinamitarlos, que se pueda pensar distinto sin menospreciar las ideas del otro. Vivir en democracia significa generar una sociedad para todos, mientras nuestros vecinos Chile, Uruguay y Brasil marchan por esa senda, la Argentina se ha empeñado –más allá de los avatares de la economía- en ser un país done convivir se hace cada día más difícil. Lo que debería ser común se hace complicado y el maltrato se contagia a todos los estamentos de la sociedad. La paciencia se vuelto la virtud de los ciudadanos de a pie, que padecen todos los días la intimidación de unos pocos.
Pbro. Guillermo Marcó










